Hoy es la Noche de Reyes Magos del 2026, y esta es mi particular carta, que en este caso no va de pedir nada, sino de honrar.
Hace solo unas horas leí un mensaje de mi amigo Víctor de Venas Rotas, desde México, que me daba el pésame por la muerte de Jorge Ilegal y me pedía unas palabras al respecto. Yo les puse en contacto y creo que, en este caso, las debo. Así que procedo:
Nunca fui a un concierto de Ilegales. El año pasado en primavera tocaron en Gijón. Caminaba solo por la calle y me encontré con Nacho Vegas, que iba para allá y muy amablemente me invitó, cuando ya no quedaban entradas a la venta. Ni con esas. No sabía muy bien por qué, pero había algo que me hacía rechazar la posibilidad de ver a Jorge en escena. Y no me arrepiento de esa decisión. Jorge fue para mí, ante todo, un caballero, un amigo, un aristócrata y, sin duda, un rey mago. Y no quería que su dimensión de rockero empañara a las otras.
De hecho, sus continuas referencias a su obra y milagros en el rock desviaban brevemente nuestras interminables conversaciones de aquello que a mí más me fascinaba: su prodigiosa capacidad de transmitir entusiasmo, nobleza y pensamiento mágico.
Lo conocí el día que fui a la SGAE a presentar un comunicado diciendo que los denunciaba a ellos y a Atresmedia, la entidad más grande de gestión de derechos de autor en español y una de las corporaciones audiovisuales más grandes. Jorge, que estaba en la asamblea de socios en Oviedo, se levantó, reconoció mi ímpetu juvenil, me abrazó y dijo: “Va Pablo de representante de la SGAE a Madrid, ¿quién está en contra?” Así fue como me convertí en representante por Asturias de la entidad de derechos de autor a la que yo mismo había denunciado. En rigor de verdad también me dijo: “Esto lo tenías que haber arreglado a hostias.”
Jorge valió más que cualquier sindicato y que cualquier abogado, e hizo posible lo imposible, en eso consiste la magia.
Desde entonces pasamos por alto toda cortesía, y siempre que nos veíamos íbamos directos al grano , y atesoro sus innumerables, improbables y sabios consejos. Si me veía resfriado, me decía, en este caso sin agravar su voz, y como quien confía un precioso secreto: “Eso se cura subiendo cuestas arriba”. Es verdad, por si alguien tenía dudas. Y cada vez que mi rinitis típicamente asturiana me visita, subo la cuesta que lleva a la ermita de mi pueblo y se me pasa. Y pienso en Jorge.
Siempre, todas y cada una de las veces que nos vimos me transmitió algo valioso, sabio y noble. E hizo que yo me hiciera mejor y más valiente. Cada vez que me interceptaba de la que yo iba camino a la biblioteca y nos íbamos a tomar pacharanes y a cantar 16 Toneladas de José Guardiola, cada vez que me veía en un bar con mal de amores y me recordaba que no debía ceder a ningún chantaje, cada vez que me decía: “Pablo, la gente de derechas es buena gente. Y la de izquierdas también.”
Y lo que me callo, que, lógicamente, es mucho.
foto: Daniel Galindo
He llorado más la muerte de Jorge que la de muchos seres queridos. He pensado en él cada día y hasta he soñado que nos dábamos un abrazo fraternal en algún lugar de la muerte.
Por encima del rock, Jorge fue uno de los últimos hidalgos, consciente de su propia dignidad, y del deber que todo ser humano tiene de defenderla y de compartirla, combatiendo a lo que haga falta, también, por supuesto, a uno mismo. Eso es lo que está detrás del punk o del rock and roll. Un día, en el colmo de su no dualidad me llegó a decir: “Si el rock and roll tuviera futuro, sería tuyo. Pero no lo tiene”. Una vez más tenía razón.
Quizás por eso no quise verlo en directo. Porque me tomé al pie de la letra su encargo. Echo de menos a Jorge por todo lo que está más allá del rock, por transmitir pasión, ilusión y valor, por dar ejemplo de cómo combatir el tedio y la mediocridad. Por ser un Rey Mago, que transmite la alegría de estar comprometido con la propia libertad, y de hacerse cargo de las responsabilidades que ello implica, sin dejar de mantener el contento infantil que le hizo jugar con soldados de plomo hasta el final de sus días.
Jorge vivió como un duque, en el sentido noble y profundo. Dio ejemplo, y en su egolatría hubo una gran entrega a los demás, que nos obliga, en su ausencia, a hacernos cargo.
Su última enseñanza, su último truco de magia me lo está dando ahora, viendo cómo me emociona su ausencia mucho más de lo que podía prever... Me queda claro que se llora y se respeta de verdad únicamente a los libres, esa es la única riqueza y la única herencia.